domingo, 31 de enero de 2010

Aer una autobiografía porque no le tengo títulox

Dicen a media cuadra que mi nombre es Violeta, al lado del negocio me llaman Janis, y el colita de la esquina jura de guata que me llamo Madonna. Yo prefiero quedarme con los ecos que rebotan en mis caracolas mágicas. Soy Carla, sin mucho aceite o limón, Carla Belén.
Nací por ahí por el 92’, en pleno circo amniótico, con sueros colgando, su transición loca a la democracia y el kurtcubainismo a flor de piel, llorando a grito otoñal por la emoción de llegar a esta plataforma mundana. El gran concepción me recibía con los brazos y piernas abiertas, para que más adelante (cuando dejara de ser una cuadrúpede con babero) hiciera en él los recorridos a pie y las impertinentes reflexiones que tanto necesitaba
En los primeros dos años de espectáculo impresioné a todos con mi deslumbrante manera de tergiversar el sueño. Pude superarlo después, no del todo, pero desde ahí se convirtió en mi peor enemigo; la batalla a la doctrina somnífera ya formaba parte de mi vida.
Ya con más calendarios en el cuerpo, fabriqué lo que muchos llaman traumas, que para mí son alergias mentales, ese repudio a los arácnidos, y la retroalimentación negativa a los payasos, porque odio sus narices rojas redondas y sus zapatos tan grandes como si quisieran adueñarse del suelo a cambio de carcajadas infantiles a-normales en mí. Aunque quizás no es para tanto, sino fuera por recalcar que a mi cinco años de edad a la mitad de la función “payasiática” comencé a escupir el terror por los ojos, y para colmo estos seres de cara pintada no encontraron nada mejor que regalarme un premio: un payaso en miniatura.
Siguiendo el camino lunático de mi historia, cambié las estadías de planetas arrendados como quien cambia de calcetines. Un espíritu nómade se levantaba frente al régimen del movimiento de traslación. Entre mi casa, el jardín de la tía Pelu y la grandma’s house (con cazuela incluida), perdí mi identidad territorial, hasta que años más tarde me reivindiqué al por mayor convenciéndome de que las calles penquistas eran mías, ni que fuera chofer de micro. Y es que patiperrear y devorarme las caminatas fueron mis primeros permisos. Cuántas veces fui más arriba de la atmósfera y mis papás jamás me dijeron algo, ni siquiera a ellos mismos, porque se repelen de la manera más eufemística posible y la crianza no duró más que tararear al son del “Creep”. Yo por eso cambio y sigo en la conversión misma, en imaginaciones anacrónicas y evitando dormir mucho (porque me quita tiempo) a no ser de que el elixir me agote en aquellas jaranas nocturnas deseadas a mitad de semana.