miércoles, 18 de agosto de 2010

Cronopios, Famas y los regalos.

Hoy estoy de cumpleaños. Y no conozco a ninguno de mis invitados. Solo sé que comen torta, me toman algunas fotos y comparan mi estatura con la de diez años atrás. La tía cabeza de silla me trae globos de plomo envueltos en papel de lija. El primo angustiado deja encima de la mesa sus venas frescas, recién cortadas. Un cronopio que entró por equivocación, busca la llave de su puerta en mi mesita de luz. Dos esperanzas (cada una a un costado del comedor) intercambian insultos a través de telegramas en blanco.
Noto que la luz de la cocina parpadea. Cae un plato y se quiebra. Hay un perro que se rompe la cola sacudiendo los restos filosos. Loza y torta en el piso. Hay sangre también. Y ahora hay más.
Para desviar esa atención, unos seres hacen desaparecer tal imagen, tragándose al perro y torta incluida. Corren los sillones, cuelgan algunas serpentinas.

Los famas cantan alrededor
Los famas cantan y se mueven

- CATALA TREGUA TREGUA ESPERA

Los famas bailan en el cuarto con
Farolitos y cortinas
Bailan y cantan de manera tal

- CATALA TREGUA ESPERA TREGUA

La danza llega a su fin. Sus cuerpos se me acercan con respeto y elegancia. Traen consigo un regalo que atan a mi muñeca. Me regalan un reloj, un pequeño infierno florido de cactus, una cadena de rosas plásticas, un calabozo de aire en cubitos. Pero siento que un recuerdo me detiene. Una conversación, un café en la esquina, un tal Cortázar me advierte de sus famas “rajá perro, que acá no te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj”.
Yo me niego secretamente al obsequio, lo recibo, lo uso. Pero nadie sabe que lo niego. A tal punto que ni me importa, total son todos unos desconocidos.

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