En mi profundo sueño, Morrissey se internaría de cabeza sobre mis flores pectorales, cíclope lloroso. Su danza remolina canalizará en mi centrífuga hecha de carne. Humana. Mi carne. Su templo. Me cantaría desde adentro con la ácida potencia de su voz, para atravesar mi piel a la superficie inerte que le espera y convertir mis poros en sus parlantes personales.
Me-destroza-por-dentro.
Una sopa derrama hígado, ovarios y melancolía por un desagüe de tejidos. Y si no es mucho pedir, podría cantar otro temita para que me devuelva los intestinos. Palestinos.
Y el alma.
Alíviame de la desintegración, sáname de la post imagen vidriosa; son tus vocales las que le recitan a mis fluidos de terciopelo –algo rotas- de un segundo a otro, de una boca a otra.
Porque estás en el punto exacto.
Yo te quiero Morrissey.
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