Sírvanse a tomar asiento.
A bebérselos.
A introducírselos en los oídos de quienes estén a su lado derecho.
Azulado señor Cerati no es un color.
Se permite aplaudir efusivamente hasta que leviten las manos de quienes no conocen el sudor.
Ahora y en horabuena sería necesario pararse para entretener a las sillas, jugar al calor y el frío, meterse en las sábanas de la masa pública.
Yo más quisiera hacer una última petición: Aquel que desee ir al sanitario, hágalo en este instante.
Aproveche que el piso está para patinar, y el agua tiene sabor a semillas de maravilla mentira.
Yo. Aquí. Me. Dirijo. A. Las. Vacas.
Las vacas de blancas pestañas.
De una saliva hermosa que cuelga de sus anchos labios secos, como cascadas inmóviles.
A esa fiera reprimida, a esa loca traficante de nutritivos, a esa que muge y maulla pero que dios no le ayuda.
Gracias mis queridas vacas.
Gracias por escuchar estas delirantes súplicas.
(Y que Dios se haga el sordo)
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